martes 2 de febrero de 2010

MIS CHICOS DE LA ESTUDIANTINA

Estos son mis chicos de la estudiantina "CASA ABIERTA DE NAZARETH" en un evento en noviembre del 2009

jueves 22 de octubre de 2009

UN DIA EN MI VIDA

Regresaba luego de concluidas las clases de todo el día, en aquel colegio en La Molina, cansado y abatido por el trajín y el corre corre de las combis, las escaleras en los puentes, la espera en los paraderos, las discusiones con los conductores, pero bueno animado por la labor realizada durante el día, comprobaba una vez más que estaba en lo mío y que no me equivoqué cuando por esos vericuetos por donde nos lleva la vida, deje mis estudios de psicología en San Marcos y me dediqué a la pedagogía por azar del destino, terminando mis estudios en La Cantuta.
Finalmente tomo el bus de regreso a casa en el puente Santa Anita, y reconozco que la fuerza ya no es la misma que antes al subir en él, lo hacia en un dos por tres (ahora la multiplicación es mayor), un pasajero presuroso me da el asiento preferencial, y el bus arranca antes de terminar de sentarme y caigo en el asiento cual costal de papas en La Parada.
Medianamente cómodo en el asiento, miro a través de la ventana y veo correr pasar calles, avenidas y veo pasar mi vida, esta pasa como en diapositivas por mi mente y se detiene en cada imagen, escudriñando, analizando, reviviendo y resintiendo viejas y guardadas emociones que, entonces, afloran haciéndose vívidas y me dejan un sabor a nostalgia en el corazón y me doy cuenta que ocupan un espacio inmenso en mi alma. Sumido en mis pensamientos me sorprende el cobrador reclamándome sencillo para el pasaje, con un gesto de mi mano le pido tranquilidad, y me pregunta hasta donde voy, ¡A Villa! le digo, ya con cierta incomodidad por sus “maneras”, pero igualmente lo ignoro para continuar con mis pensamientos suspendidos por su impertinencia hasta el momento en que bajo en el paradero de siempre, ya en mi barrio.
La voz de mi pequeño hijo Joaquín rompe mis pensamientos en el momento que llego a casa y este me abre la puerta recibiéndome con un enorme abrazo y un delicioso beso que deposita en mi sudada mejilla. Lo abrazo y lo beso también y siento que al hacerlo me acaricio a mi mismo en él.
Y recuerdo cuando era niño y mi padre me cargaba y me besaba y yo jugaba y retozaba entonces sobre su amplio pecho, tirados en la cama, simulando mil y un peleas las cuales por supuesto siempre ganaba yo (por la benevolencia de mi “viejo”) y a mi madre cuando me preparaba esos deliciosos platillos que a mi tanto me encantan.
Joaquín me muestra sus dibujos y primeras letras hechas en la escuela, y las imágenes de mi vieja escuela en el campo se vuelcan en mi memoria, el rostro adusto de la directora, una alemana con una firme convicción que me mira fijamente a los ojos, con esa intensidad y profundidad que le caracterizaban, me sermonea y me anima a seguir, a no desmayar, a levantarme luego de caer y quiero volver a la escuela, quiero ser niño otra vez y una impertinente lágrima escapa de mis ojos, quiero volver a experimentar mi primer soporte ortopédico, mis primeros bastones, aquellos que me permitieron correr y saltar como nunca antes lo había hecho a mis apenas seis añitos,
He de reconocer que la discapacidad resultó siendo una “bendición” para mi vida, todo un estilo, la oportunidad constante de ver el mundo desde la otra orilla. No sé como habrá sido para los demás pero para mi no representó, ni representa dificultad alguna, salvo la de depender de un soporte ortopédico y a estas alturas de mi vida vuelto a los bastones canadienses de antaño. ¿Que cómo puede ser eso? ¡es una exageración referirme de esa manera a mi discapacidad!, serán seguramente ideas que asaltan de pronto a cualquiera que leyera esto, pero es así, tal cual; son demasiadas las oportunidades que gracias a la discapacidad se me han presentado, OPORTUNIDADES mas no golpes de suerte, con que se suele confundir a estos términos a veces, oportunidades que supe aprovechar en la mayor de las veces, unas tantas airosas otras tantas desastrosas, pero que más allá de los resultados, me dejaron siempre la satisfacción de haberlo intentado y demostrarme y demostrar que fui, que soy y que seré capaz … de volver a enfrentar aquellas oportunidades que se me sigan presentando… ya no solo por mi sino también por los míos, mis hijos, mi esposa, mi familia, por los cercanos a mi, mis alumnos y en nombre de la “raza discapacitada” de este país, mucho de este extraño pensamiento, se lo debo a aquel, mi viejo colegio de primaria, y sobre todo mis padres; quien sino ellos, me dieron la fortaleza necesaria en los momentos más difíciles y también en los gratos, como en la escena con mi padre contada al inicio.
El hambre que traigo me devuelve a la realidad y Cristina, mi esposa me pide que me lave las manos para almorzar, son casi las 4:30 de la tarde y no se si es almuerzo o ya es casi una media cena. Recuerdo entonces los almuerzos en aquella antigua escuela, era (y aun lo es) una escuela especial para discapacitados (bendita escuela), estudiaba desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde; pasado el mediodía almorzábamos en el amplio comedor, no cabía la menor duda que se preocupaban mucho por nuestra alimentación (pero la verdad que en oportunidades no mucho por el sabor); por nuestra mesa desfilaban platos como coliflor sancochada en agua con mantequilla, sopa con el “delicioso” trigol, puré de espinaca (espinaca pura), y los infaltables rabanitos encurtidos en vinagre. Eran días de fiesta los días en que se hacían tallarines o alguna mazamorra de estación.
Me llevaba el primer bocado a la boca cuando mi hija Gabriela, la penúltima de once años, aparece en el comedor con su flauta en las manos, y se pone a tocar la última canción que le enseño su profesor de música en el colegio, y al oírla tocar añoro aún más los días de escuela, la orquestina, mi vieja flauta de madera (ahora son acrílicas), la vez en que emocionado le dije a la profesora que yo solito había aprendido a tocar El Cóndor pasa, a puro oído, y como premio me hizo tocar en la siguiente actuación del colegio, completamente solo, fue mi primera actuación unipersonal en la etapa escolar, tenía apenas nueve años y creo que esto marco mi vida para siempre; aprendí a no ser discapacitado en este lugar, digo “no ser discapacitado” pues todo esta en uno, en lo psicológico, a veces la discapacidad comienza siendo física y termina siendo mental, tengo tantas cosas que agradecerle a esa vieja institución, me enseñaron a enfrentar ese mundo hostil que se nos presenta a los discapacitados cuando salimos a la calle a buscar nuestro futuro, y decía que la experiencia de la música en aquel colegio me marco tanto que finalmente soy profesor de música, y curiosamente enseño también en el colegio donde estudia mi hija.
Recuerdo entonces las vivencias de mi adolescencia, cuando cambié (o me cambiaron del colegio) por cuestiones económicas, pues la vieja escuela era algo cara, y me trasladaron entonces a un colegio de varones en Breña, vivía en ese entonces en el populoso barrio de La Victoria, a una cuadra del coloso de Matute.
Con mi viejo salíamos las tardes de los fines de semana a pelotear en un parque al frente de la casa, entre los bloques de la vieja Unidad Vecinal. Dios debió orientar a mis padres criarme, sin exagerados cuidados pero con mucho amor.
De pronto el brusco tocar de la puerta, me vuelve nuevamente a la realidad, es precisamente mi viejo, que vive en el segundo piso de la casa (que por supuesto es de él), me pide que le preste un sencillo para comprarle un antojo a mi madre, “ella no puede vivir sin su Inca Kola diaria” me dice, Cristina me mira pícaramente y me dice “aprende, ojala seas así cuando lleguemos a viejos”, y yo le digo que se prepare para llevarme en silla de ruedas, pues con esto del síndrome de la post polio, nunca se sabe.
Le alcanzo el sencillo a “mi viejo” y el se despide contento, dándome un beso en la mejilla, como siempre, como lo viene haciendo hace casi 50 años (los que yo casi tengo), y en mi mente resuena la voz de Mercedes Sosa cantando “gracias a la vida… que me ha dado tanto…”, pero claro es el amor, ¡pero como no nos damos cuenta y reaccionamos! esa es la solución a nuestras problemas, a nuestras pequeñas o grandes discapacidades (que ojo, todos las tenemos), en un santiamén devoro la deliciosa comida, preparada con tanto amor por mi mujer, y no sé si repetir o decidirme de una vez por todas a iniciar mi dieta, tantas veces programada y tantas otras postergada.
Lejanos están los tiempos en que cuidaba el peso no por presunción sino por el deporte. Como comentaba, cuando pase a secundaria y tuve que dejar por cuestiones económicas la vieja escuela de mis amores, mis “viejos” me pasaron a una de chicos “normales” (así entre comillas), pero lo peor de todo no fue eso, sino que el colegio era solo de varones (las mil y un aventuras románticas que viví en la otra escuela); se pusieron a prueba mi tolerancia, mi paciencia, mi espíritu guerrero pero por sobre todo mi mundo interior. Yo me sentía preparado para enfrentar al mundo a mis cortos 11 o 12 años, pero nadie le dijo al mundo como estar preparado para recibir a un tipo como yo.
Aprendí a viajar en micro lleno (como sardina) y a veces en el estribo (en mis tiempos no habían asientos preferenciales en los buses), a tolerar las miradas impertinentes y de compasión de la gente y mil y un cosas más. En medio de esa maraña de sucesos diversos en torno a mi realidad de “cojito” surgió la oportunidad de hacer deporte a nivel de discapacitados, yo jugaba el fulbito en mi vieja escuela, y hasta llegué a tener un equipo (la Quinta Generación se llamaba), pero aquello era otra cosa, era la oportunidad de hacer deporte de manera competitiva con otros discapacitados, y como a mi me gustaba tanto la natación me metí a practicarla. Aprendí mil y un estilos, hasta que se dio la oportunidad de participar en un torneo metropolitano, para suerte la mía en todas las competencias quede tercero, pero de tres competidores.
Fue entonces que di el gran cambio, yo era más bien de contextura ancha y con cierta corpulencia (no gordura), alguien me sugirió que probara con los “fierros” (pesas), bendito consejo, un mundo nuevo se mostraba para mí, entonces tenía quince años. Compartía mis estudios secundarios con el gimnasio, al cabo de un tiempo, tuve la oportunidad de volver a participar en otros torneos metropolitanos y nacionales y esta vez la historia fue diferente, llegue a ser campeón en levantamiento de pesas dentro de mi categoría, la de los 56.5 kilos (pluma ligero), de ahí mi preocupación por el peso (hoy no quiero ni subir a la balanza).
Mi máximo logro deportivo fue el llegar a ser seleccionado para competir internacionalmente hasta en tres oportunidades, en dos de las cuales pude participar, y de las cuales guardo los más preciados recuerdos.
Finalmente caigo en la tentación de repetir el plato de comida, total al final serían almuerzo y cena juntos. Aunque tengo una competencia fuerte en casa, con la segunda de mis hijas, Johanna, una jovencita de 20 años (pero con un apetito voraz) que me llena de orgullo porque acaba de terminar su carrera de producción de televisión y radio de tres años y ya trabaja y administra su dinero, y la mayor de todos, Giselle, que no se queda atrás y a sus casi 22 años, estudia ya el tercer año en la Escuela Nacional Superior de Folclore “José María Arguedas”.
Tengo estas y muchas razones más por las cuales ser feliz, que están por encima de la discapacidad, que la tengo desde los 6 meses de edad, desde los brazos de mis padres, apenas moviéndome en la cuna, ello significó un dolor inmenso para ellos, lo sé, los entiendo, y es más, los admiro, por su fortaleza, por su constancia en mis tratamientos, sin sobreprotección, en la justa medida.
La vida no ha sido fácil, ni lo es aún (y de seguro nunca lo será), pero saben, más de una vez me he preguntado y me han preguntado también, alucinando y soñando un poco, si cambiaría mi vida por la de una vida “normal” (entre comillas otra vez), y respondo inmediatamente diciendo y diciéndome que no tengo motivos para cambiarla y es más, que es una vida como la de cualquier otra persona, con fracasos y triunfos, con bondades y maldades, con ángeles y demonios ni más ni menos, pero a la vez diferente, como son diferentes todas las historias. Alguien me dijo alguna vez (otro discapacitado)…”todos somos diferentes… pero algunos lo somos más”.
No creo equivocarme si digo que mi sentir expresa el sentir de un gran número de discapacitados, muchos de los que conozco piensan así, es cierto las sociedades van evolucionando, la nuestra está en el camino, pero aún nos falta mucho que recorrer en ese largo camino de la búsqueda de la inclusión, no es solo aplicar leyes o emitir resoluciones, se trata de crear las condiciones para que tod@s tengamos las mismas oportunidades; no se trata de tratos especiales, de excepciones en las leyes, de beneficios incondicionales. Siempre he sostenido que el mundo de los discapacitados resulta un microcosmos dentro de ese macrocosmos que es la sociedad peruana, con sus mismas características, con las mismas suciedades y limpiezas, con honestidades y corrupciones, con gente buena y de lo peor, y nos conocemos, y sabemos quienes somos.
Cierto día hace muchos años (pero muchísimos años) salíamos de una fiesta dos amigos y yo, todos discapacitados, era un domingo día de los muertos, uno de ellos nos pidió que los acompañáramos a “ver “ a su viejita ya fallecida hace años al cementerio El Ángel, accedimos y enrumbamos para allá; al ingresar vimos a un discapacitado sentado en el piso, con su soportes ortopédicos expuestos sobre su pantalón (intencionalmente) pidiendo limosna, y mi amigo, el de la madre fallecida, le reprochó su actitud de mostrarse y dar lástima de esa manera (era tan discapacitado como nosotros), el sujeto lejos de avergonzarse, se enfrentó a nosotros, nos recordó a nuestra generación completa y tuvimos que proseguir con la visita con una mezcla de cólera e indignación por la actitud de éste “colega” desadaptado quien sabe por que vicisitudes.
Al finalizar el día y ya entrada la noche regreso de mis pensamientos y me dispongo a descansar luego de ese duro día de trabajo, guardo mis recuerdos en el desván de mi alma, luego de desempolvarlos, les doy un último vistazo y prometo conservarlos aun por mucho tiempo más.
Al final son solo unas cuantas páginas de una historia real y tangible, por ahí en un fólder viejo aún quedan recortes, fotos, memorias, celosamente guardados, mudos testimonios de una vida que aún espera vivir más.

martes 16 de junio de 2009

MIL DISCULPAS

Realmente me averguenzo de haber dejado abandonado tanto tiempo este espacio, un espacio que cree con tanta ilusión, no es justo por las personas amigas que sé que siguen este blog ( o lo seguían), es por mi y por ellos que vuelvo, con la seria intención de devolverle la vida.
Hay procesos de vida que demoran en madurar, no tienen que ver ni con la edad, ni con el sexo, ni siquiera con la condición del ser humano, sino que trascienden lo material y lo sicológico, traspasando los linderos de la espiritualidad, de lo esencial, y creo que es por uno de esos procesos que estoy pasando en la actualidad.
Recurro entonces a esa energia superior que algunos llaman Dios, Jehova, Ala, Buda, Maitreya, entre otros que los hombres usamos para denominar a lo mismo. Que viva la vida, que vivan los blogs, que el mundo sepa que este topo sumido en la oscuridad vuelve a ver la luz.

viernes 21 de noviembre de 2008

QUITÁNDOME EL POLVO

Y de que manera, leo el primer post que escribí este año y realmente me sorprende una vez más como el destino, la fatalidad, las circunstancias o Dios, dispone las cosas, y siempre así, como ciclos de la vida que se van repitiendo, de distinta manera, de otra forma, como si un viejo titiritero decidiera de pronto volver a cojer los hilos de su viejo titeré para darle vida nuevamente.
Por otro lado la vida pasa delante nuestro, como una película en la cual tu eliges ser actor o solo un mero espectador, yo siempre elegí ser actor y de los buenos, y no se trata de representar un papel a la perfección. sino el hacerlo con pasión. Creo que lo importante, a pesar de todo lo que se diga, es reconocer que tan importante como el sabernos iguales, también lo es el sabernos diferentes de los demás, tanto colectiva como personalmente. Y ¡AGARRATE! pues entonces ahí está la pulga molestosa de esta historia, reconocer también que el otro es diferente, ni mejor ni peor (esa es igualdad) tan solo diferente.
Tan solo pensar así, me ha hecho ver la vida de una manera diferente, y sobretodo con la capacidad de relacionarme con tod@s, el reconocer las diferencias en los demás me ha abierto un sinfín de oportunidades, esas de las que hablaba al inicio y las cuales me invitan a ser actor y no un mero espectador.

domingo 21 de septiembre de 2008

UN RETO DIFERENTE 2

Su padre, Ricardo Herrera, de 45 años de edad aunque de apariencia más joven, era una persona serena y observadora, ambiciosa y decidida. Lo que más había ambicionado Ricardo era estar en el lugar donde estaba, donde gozaba de prestigio y sobretodo de tranquilidad económica para el y su familia.
Elena, la made de Eduardo, era más bien una persona emotiva y muy nerviosa; tenía 43 años. Traductora de profesión, alegre y sociable como era, no le costaba mucho hacer amistades; tal vez su única tristeza y desconsuelo, era Eduardo, nunca se resignaría a verlo como estaba.
Al día siguiente, domingo, la casa estaba hecha un desastre, parecería que hubiera pasado un tornado. Botellas de vino vacías, ceniceros llenos de colillas de cigarrillo y vasos por doquier dejaban ver que había sido una noche muy movida, en el ambiente se sentía aún el calor de las personas y hasta se podía sentir el eco de la música retumbar.
Eduardo abrió los ojos, miró el despertador: 9:36 de la mañana; se restregó sus aún somnolientos ojos, y vio a su hermano Miguel que aún dormía la mona al otro extremo de la habitación, ambos dormían juntos y eso no le hacía mucha gracia, sobretodo por los ronquidos destemplados durante la noche que hacían competencia con los de su mascota, que dormía siempre a los pies de su cama, un hermoso Cocker café llamado Rimski.
Se quedo pensativo mirando al techo o quizá a la nada mientras recordaba el sueño que haba tenido durante la noche:
- “…primero Eduardo Herrera de Perú, en apretada llegada con el norteamericano Robert Martin...” – Sí, un gran atleta, ese era su sueño, su gran sueño.
Rimski lo volvía a la realidad al pasarle su rasposa lengua por la mejilla.
- Sí, ya lo se Rimski, es solo un sueño.- le dijo a la vez que lo apretaba contra su pecho
- ¡Bueno! Ahora vamos a ver que nos han dejado en la cocina después de lo de anoche.
Rápidamente se colocó sus aparatos ortopédicos, tomó sus bastones canadienses y salió del dormitorio seguido por su mascota, dejando a su hermano aún roncando en su cama.
Con gran habilidad, digna de un acróbata, bajo raudamente las escaleras que lo llevaban al primer piso, el cuadrúpedo lo seguía como midiendo sus pasos con mucho cuidado de no tropezar con él, ambos se comprendían a las mil maravillas.
Cruzo la sala con dirección a la cocina, al entrar encontró a Claudia, su hermana, en el momento que le daba el primer mordisco a una enorme pierna de pollo.
- ¡Hey! ¿dónde encontraste eso? – inquirió Eduardo.
- …del horno – replicó Claudia - …y si no te apuras no encontrarás ni las plumas.
- Bueno, veamos si hay algo también para ti Rimski.
Al cabo de unos momentos solo quedaron un montón de huesos, que de tantos ya ni Rimski osaba dirigir su humedad nariz hacia ellos; había comido otros tantos ya y al igual que Claudia y Eduardo estaba satisfecho.
- ¿Estuviste hasta muy tarde en la fiesta? – pregunto Eduardo a a su hermana.
- Solo hasta la 10:35 más o menos luego me fui a la cama, a propósito tu no bajaste para nada.
- ¡Bah! dijo Eduardo con gesto de enojo – Esas reuniones familiares nunca me gustaron.
- Pero era cumpleaños de papá y le hubiera gustado que estuvieras siquiera un momento con él – le reprochó Claudia.
- Sí, lo sé, pero…- no soportó más y rompió en llanto; era como una lucha interna la que sentía, su personalidad se debatía entre lo que el quería ser y lo que los demás querían hacer de él.

miércoles 17 de septiembre de 2008

INTELIGENCIAS MULTIPLES

Excelente información sobre las intligencia múltiples, cuantas cosas ciertas.



Y no te pierdas la segunda parte.

viernes 15 de agosto de 2008

UN RETO DIFERENTE

Era una tibia noche de primavera, tan solo se oía la voz del narrador que inundaba la habitación. Eduardo se encontraba totalmente distraído observando el televisor, ajeno totalmente del bullicio que provenía del primer piso.
Lo que llamaba tanto su atención era un antiguo video de las olimpiadas que repetía un canal de TV, en tanto devoraba un inmenso emparedado de hamburguesa acompañado de un vaso de leche malteada, que su madre hacía rato le había alcanzado, y que por la expresión de su rostro se podría decir, que tanto el programa como el “pequeño” bocadillo, le brindaban un inmenso placer.
Mientras miraba embelezado la habilidad de unos gimnastas soviéticos, alguien irrumpió en el cuarto.
- ¡Vamos Eduardo, la familia pregunta por ti! –
- Diles que enseguida bajo, esto está muy interesante – dijo a la vez que señalaba la TV.
- ¡Bah! te importan más unos cuantos locos saltando que el día de cumpleaños de tu padre – le increpó Miguel, su hermano mayor.
- Tu sabes muy bien que no es así, lo que ocurre es que no soporto esas reuniones de adultos, con sus conversaciones aburridas y chistes que nadie entiende –
Eduardo tenía 12 años de edad, y lo que realmente no toleraba era la mirada y comentarios de lástima de los demás; le parecía oír a su tía Emma diciendo:
- Hola hijito ¿cómo estás? Se te ve mejor ¿cómo están tus piernecitas?
O al tío Pedro recomendándole a su padre:
- La semana pasada conocía a un doctor que podía ayudar mucho en lo de Eduardo.
Todos no hacían más que recordarle que el era un impedido físico y que dependería siempre de algo o de alguien para poder caminar.
- ¡Bueno, como quieras! Si quieres quedarte solo, allá tú.
Eduardo encogió sus hombres en gesto de indiferencia y siguió observando el programa deportivo mientras su hermano cerraba de un golpe la puerta.
De muy pequeño, unos cuantos meses apenas había sido atacado por el virus de la poliomielitis y pues la secuela que tenía de aquella enfermedad le impedía caminar por sus propios medios y debía de hace uso de un par de soportes ortopédicos y un par de muletas además.
Sus padres desde que ocurrió lo de la enfermedad se prodigaron en cuidados que tal vez llegaron a ser excesivos. Él era el menor de cuatro hermanos, Miguel, el mayor, tenía 20 años y muy poca paciencia para comprenderlo, Muriel la segunda, de 18 años, andaba muy ocupada con su cosas como para dedicarle tiempo a la familia y Claudia, la penúltima, de 14 años que era con quien mejor se llevaba, la única que tal vez inconcientemente lo entendía, tal vez por lo cercano de sus edades o porque los niños ven las cosas con mayor naturalidad.
- Lástima que ella también crecería y entonces cambiaría – se decía a si mismo muchas veces Eduardo.
Mientras seguía viendo la tele, gimnastas, nadadores, atletas, pesistas desfilaban ante sus ojos y el dejaba volar su imaginación y se sentía uno de ellos.
- ¡Yo también quiero ser un gran atleta! – se decía entusiasta y lleno de optimismo. Pero al instante se desdibujaba la alegría de su rostro al darse cuenta de la realidad, para tornarse en un:
- ¡Diablos! ¡Que estupidez! – a la vez que apagaba torpemente la TV y echándose sobre su cama, se tapó la cara con la almohada, y se puso a rumiar su rabia tanto tiempo contenida.
Su familia, si bien no era adinerada llevaba una vida holgada, sin mayores contratiempos económicos, pues su padre era empleado en una entidad bancaria y su madre traductora experta en textos técnicos. Esto permitía enviar a los chicos a escuelas y universidades privadas, tener un auto comprado a un viejo amigo y vivir cómodamente en una zona tranquila de la ciudad.